Tras la oleada de Titanicmanía
que provocó su descubrimiento y la película de James Cameron, el Titanic se ha convertido en un lucrativo negocio para los coleccionistas. Aunque legalmente no se puede vender ningún objeto recuperado, todo lo que rodea al barco adquiere precios astronómicos en las subastas. A pesar de haber pasado un siglo desde su hundimiento, la fascinación por el trasatlántico de la White Star Line no ha hecho más que aumentar y esto pone en riesgo su conservación. Se han organizado viajes turísticos a sus restos, una pareja se ha casado delante de su proa y las expediciones que lo han visitado han llenado de desperdicios el campo de restos.
Como codescubridor del Titanic junto con Jean-Louis Michel, del IFREMER, Ballard podría haber reclamado el naufragio con sólo haber rescatado un objeto, pero no lo hizo por respeto a las víctimas. Para él, el Titanic es un monumento y cree que como no se actúe rápido, el barco no durará otro siglo. De hecho, ha manifestado en varias ocasiones su idea de preservar los restos del casco con pintura anticorrosiva.
En este documental, Robert Ballard se aproxima al Titanic no como explorador, sino como alguien preocupado por su futuro, visitando los lugares en los que fue diseñado y construido y entrevistándose con los descendientes de las personas que trabajaron en su construcción, en concreto los del grupo de garantía, una selección de ocho trabajadores liderados por Thomas Andrews, el constructor del Titanic, que viajaron en el trasatlántico en su viaje inaugurar para evaluar su rendimiento.


Robert Ballard revisa la historia del Titanic y denuncia los destrozos de las expediciones que lo han explorado.