Uno de los insectos más consumidos tanto en el Japón histórico como el moderno es el inago (especies Oxya japonica y O. velox), un saltamontes que se alimenta de las plantas de arroz y que se cocina friéndolo con salsa de soja y mirin (sake dulce), preparación que se conoce como inago no tsukudani.
Dependiendo del método, se le pueden quitar las alas y las patas o se pueden preparar enteros (en este último caso, hay que tener cuidado con las patas traseras a la hora de comerlo, ya que son espinosas). Según me ha contado mi suegra (que ha sido catedrática de nutrición en la Kagawa Nutrition University), fue una de las fuentes más importantes de proteínas durante las carestías de alimentos que hubo en Japón al final de la Segunda Guerra Mundial y principios de la posguerra y no resulta difícil encontrar a gente de esa generación que lo haya comido.
El inago, cuya escritura en ideogramas es 蝗 o 稲子, la criatura (子) de la planta de arroz (稲)
, ha sido considerado tradicionalmente como una plaga de los campos de arroz. Aunque estuvo a punto de desaparecer, la reducción en el uso de pesticidas ha hecho que la población se recupere, reapareciendo en la gastronomía japonesa, pero como una delicatessen. El otoño es la estación en la que se caza y se suele consumir más.
En cuanto a la textura, no se diferencia mucho del tazukuri (sardinas secas cocinadas en salsa de soja y mirin). Aunque la preparación le confiere un sabor dulce, lo que lo hace ideal para tomarlo como aperitivo (de lo contrario, empacharía), no oculta un cierto regusto a hierba, probablemente debido a sus hábitos alimenticios. En cualquier caso, sabe mejor que la carne poco hecha o que un filete de hígado.